La meta era llegar en “cola” hasta Perú, pero una inflamación en el pie derecho luego de caminar durante tres días por las carreteras de Colombia hizo que los planes se trastocaran un poco. En total, fueron tres autobuses, tres “aventones” y 120 kilómetros recorridos a pie, los que José Cabrera, un inmigrante venezolano pasó para completar una travesía de nueve días que lo llevó desde un pueblito de Portuguesa donde creció hasta Lima: su nuevo hogar.

El camino para este radiólogo, de 40 años, inició con dos morrales, una consola de Play Station (sin controles y sin cables) y un par de disco duros viejos que consiguió en alguna gaveta de su casa para venderlos. En su plan de emigrar, irse en avión o en autobús directo hasta su destino no era una opción; sus ahorros apenas alcanzan 1.600.000 y los objetos que pretendía “rematar” en la frontera colombiana. Por lo que, con entereza y valentía optó por un escape de “mochilero”.

Cabrera se unió a un grupo de WhatsApp de venezolanos que buscan emigrar por América Latina de “mochilero”. En el chat que tiene más de 200 usuarios, el llanero aprendió rutas, trámites legales y lo bueno o lo malo de esta modalidad para emigrar. ¿Quién sale el 1 de febrero?, preguntaban algunos en el grupo armando sus “combos viajeros”.

“Salí para Colombia solo por San Antonio del Táchira el 19 de enero, por la mañana, sin mucho dinero, pero con ganas de poder ayudar a mis tres hijos y tres perros que dejaba en Portuguesa. Gasté en Venezuela en pasaje de los Llanos a Táchira, comida y hospedaje 574.000 bolívares, el millón de bolívares que me quedaba lo cambié en Cúcuta y me dieron 31.570 pesos. Vendí en el centro de la ciudad los disco duros y la consola de Playstation por 32.000 pesos; con eso compré un pasaje a Bucaramanga en 42.000 pesos regateando con los choferes”.

“Al llegar a Bucaramanga solo me quedaban veinte mil pesos por lo que debía ahorrar lo que más que podía. Salí del terminal de pasajeros caminando en dirección a la salida de la ciudad. Me guiaba en todo momento con el GPS del celular, era de noche y hacía frío. Después de caminar cerca de una hora, llegué a una estación de servicio y descansé una hora más mientras cargaba el celular y tomaba un poco de agua”.

“Mientras caminaba no sentía miedo, pero sí mucha nostalgia por lo que estaba dejando atrás. Las ganas de salir adelante me empujaban a seguir con fuerza”.

“En la vía, ya había amanecido y yo no había dormido ni un minuto, me conseguí a un venezolano vendiendo piña a orilla de la carretera; conversé con él mientras reposaba otro rato más y agarraba fuerza. Me contó que era de San Cristóbal y se había mudado desde el año pasado a Colombia en busca de mejores oportunidades. A la final, me regaló una piña y eso fue el desayuno”.

“Trataba de mirar muy poco el reloj para no atormentarme con las horas. Dejaba el tiempo correr y que me sorprendiera solamente el sol y la luna. Llevaba conmigo dos morrales; uno con la mayoría de la ropa y el otro con galletas y otras cosas para comer”.

“Luego que me comí la piña seguí mi camino a pie. Había muy poco tráfico en la carretera, la mayoría de los carros que pasaban eran particulares y no daban la cola, para no perder más tiempo, iba caminando hasta que consiguiera alguien que me llevara al destino. Cuando llevaba como unos ocho kilómetros más, me conseguí a dos venezolanos que estaban pidiendo en un restaurante para comer, no tenían muy buen aspecto por lo que seguí mi camino y a pesar que me gritaban para que me acercara, preferí no hacerlo”.

“Te consigues a venezolanos en todo el trayecto, después del vendedor de piña y la otra pareja que pedía en el restaurante, me topé con un grupo de ocho valencianos que se bañaban en el río, en ese momento yo aproveché para tomar un poco de agua, lavarme la cara y seguir”.

“Luego de eso vino el trayecto más largo, caminé cerca de 60 kilómetros, siempre guiándome por el GPS del celular para ver si caminaba en el sentido correcto. Ya cuando estaba cansado, sentía que las piernas no me daban, pasó un camión que transportaba estiércol de gallina, corrí con todas mis fuerzas para poder guindarme. Me dieron la cola unos 50 kilómetros más, pero iba en la parte trasera del auto con el estiércol, llegué sucio y hediondo a excremento”.

“Cuando me bajé del camión las piernas me temblaban, pero seguí caminando hasta que llegué a una curva donde había una estación de policía con una balanza para pesar las gandolas y allí me metí a dormir a las 2:00 de la madrugada. Cuando era las 6:30 de la mañana, agarré los morrales y continué la travesía”.

“Los pies me dolían, el cansancio se estaba apoderando de mí, pero nada que agarraba otra cola, por lo que ir a pie seguía siendo la opción. Seguí en dirección hacia un pueblo andino del departamento de Santander que se llama San Gil con mucho frío”.

“Antes de llegar al pueblo, vi que al margen de la carretera había un río y que era de fácil acceso, por lo que decidí bajar y darme un baño, pero un buen baño, porque tenía tres días que no lo hacía. Me sentía un indigente”.

“Al llegar a San Gil, me di cuenta había dejado botados mis lentes de ver en el río y sin ellos no veía nada, por lo que tuve que devolverme unos seis kilómetros para recuperarlos”.

“Luego pasó un motorizado y me llevó hasta un pueblo llamado Oiba que estaba de fiesta, pero no quise quedarme allí porque el motorizado me dijo que en ese pueblo la gente es muy fregada cuando estaban de fiesta”.

“Retomé mi rumbo hasta que llegué a pie al único restaurante abierto en la vía, allí una mesera muy amablemente me dio un plato de comida y me permitió cargar mi celular. Tenía los pies llenos de ampollas y se me ocurrió la idea de reventármelas, pero fue el remedio peor que la enfermedad”.

“Al salir de un restaurante caminé por una hora hasta llegar a una parada de camiones donde dormí unas cinco horas hasta que amaneció. Me hice amigo de varias cafeceras de la zona que me regalaron tanto café, que llegué a pensar que se me había subido la cafeína”.

“Mi voz parecía de locutor. La tenía aguda y ronca pero era por los cambios de temperatura a los que estaba expuesto. Nunca pensé en llevarme una gorra y además de las ampollas me llevé también una insolación terrible”.

“Al llegar a pie hasta el último pueblo, del cual no recuerdo su nombre, me senté en la carretera a esperar una cola porque tenía el pie inflamado”. “Le pedí la cola al conductor de un camión de gasolina y afortunadamente aceptó llevarme hasta Bogotá, fueron unos 240 kilómetros y el final de primer destino”.

“El señor me dejó en el terminal de pasajeros de Bogotá y allí permanecí dos días, no podía caminar más, pedir colas tampoco era ya una opción; tenía los pies enfermos. Amigos que estaban en Perú recolectaron y me enviaron unos cuantos pesos para comprar un pasaje directo a Lima”.

“El primer día de mi travesía caminé alrededor de 20 horas, el segundo unas 15 y el tercero no caminé mucho por la dolencia de mis pies, pero fueron como unas doce horas más”.

“En total fue un recorrido de a pie de 47 horas y tres colas. Conocí a muchas personas, viví experiencias y hasta dejé el morral pequeño botado en la gandola que me llevó a Bogotá”.

“Nunca pensé que no podía llegar a Perú; las ganas de querer un futuro mejor me dieron alien to cuando más lo necesité. Ahora, estoy en Lima, comenzando de cero, nadie dijo que sería fácil, pero lo imposible no es una opción”.