Un comando guerrillero secuestró, el viernes 27 de febrero de 1976, al industrial norteamericano William Niehous en Caracas. Tres años y cuatro meses después gritó, a una comisión policial que investigaba un robo de ganado:
¡No disparen, soy Niehous!, culminando el más largo cautiverio de la historia nacional.

Ángel Mendoza

Pedro Mogna esperó a su jefe, el ministro de Relaciones Interiores, Octavio Lepage, a las afueras de un salón del Palacio Blanco (frente a Miraflores, en la avenida Urdaneta de Caracas) en el que instalaba una convención de gobernadores. Era la tarde temprana del 27 de febrero de 1976.
—Ministro. Acaban de secuestrar a William Frank Niehous—, informó.
—¿A quién?—, inquirió Lepage, buscando más información.
—A un norteamericano.  Es el presidente local de la Owens Illinois.
Decir presidente era una exageración, aunque no tanto. Niehous era el “vice”. La presidencia nacional de la compañía —fabricante de vidrio, fundada en 1929 en Perrysburg, Ohio— recaía en el venezolano Emilio Conde Jahn de manera simbólica.

Aunque Lepage no sabía quién se había llevado a Niehous, el objetivo del secuestro le quedó claro horas después. “No cobraremos rescate. Será ejecutado. Lo consideramos enemigo de Venezuela”, rezaba un comunicado, enviado a un reportero de sucesos de Caracas en la época, José Emilio Castellanos.
El  grupo Comandos Revolucionarios se acreditaba así la responsabilidad del secuestro. Con el anuncio, se tendió un velo de angustia, negro de incertidumbre, sobre la residencia del industrial, la quinta Betchirro, anclada en las márgenes de la calle Isla Larga de Prados del Este, en la Caracas de 1976.
Al mediodía del 27 de febrero, siete hombres armados con ametralladoras livianas habían entrado a la residencia. Se lo  llevaron delante de sus tres hijos, su esposa, Donna, y la empleada doméstica.
Cercas bajas. Impensable un cerco eléctrico,  garitas o  vigilantes.
Un emisario de los secuestradores dejó un  sobre,  en un buzón de correos en la Roca Tarpeya, en la avenida Nueva Granada, al oeste caraqueño. El hit de la radio era Dolor cobarde, con la Dimensión Latina.
—A la orden— contestó la centralista.
—Páseme con José Emilio Castellanos— exigió el interlocutor.
—Castellanos está de viaje, señor. ¿Desea dejar algún mensaje?
—Sí— respondió atropelladamente. Dígale que en esta dirección, en un buzón, encontrará un sobre para él.
Ese tipo de llamadas no era anormal en tiempos en los que la insurgencia armada —y que no había aceptado los términos de la ‘Pacificación’ que culminó Rafael Caldera— vivía de secuestro en secuestro   como forma de financiamiento o   instrumento  político.
—¿Quién dice que llama?— repreguntó, alerta, la recepcionista.
—Los secuestradores de Niehous.
Colgaron. Ella marcó la extensión de José Moradel, jefe de información de El Nacional, dos pisos más arriba.
Moradel, veterano de la cobertura noticiosa, envió a un reportero —que tenía a mano— a buscar el sobre. Sabía que algún vigía estaría oteando la recogida del sobre. El periodista emergente cumplió, pero no regresó inmediatamente al periódico.
“Se fue directo a la Disip, por eso mi nombre aparece en el expediente del caso”, recuerda hoy, Castellanos, desde Nueva York, con un pendiente sin resolver. “Nunca pude entrevistar ni a Niehous ni a  Donna, su esposa”.
La ‘camorra’ guerrillera con William nació por su relación con el embajador norteamericano en Caracas, Harry Shalaudeman. El diplomático había sido la cabeza visible de Washington en el Chile de 1973, cuando el golpe  de Estado a Salvador Allende. A Shalaudeman lo acusan, aún hoy, de ejecutar el apoyo norteamericano  al derrocamiento.
Una afrenta que para los comunistas era inexcusable

De su residencia, lo último que pudo ver el industrial fue el Ford LTD,  blanco, estacionado. Iniciaría así un larguísimo periplo por todo el país.
—Octavio— consultó, días después,  César Mata de Gregorio, compadre del ministro de Interior por el teléfono. —¿Me recibes en Caracas? Tengo que comunicarte algo.
“César tenía una finca por Altagracia de Orituco y una casa en un cerro, donde iba a hacer parrilla con los amigos. A uno de sus vecinos, Salom Mesa le pidió su casa prestada para que Niehous pasara las tres primeras noches del cautiverio”, le contó Lepage al periodista Javier Conde en el libro La conjura final.
Los nombres de los implicados como autores intelectuales o materiales fueron surgiendo. Fernando Soto Rojas (quien fue diputado a la Asamblea Nacional), Mirelis Pérez Marcano (diputada reciente al Parlatino), David Nieves (fue cónsul de Venezuela en las islas Canarias), Salom Mesa y Fortunato Herrera (diputados en el Congreso al momento del secuestro), Iván Padilla,   José Aquino (tiroteado en el sitio del rescate), y el más célebre: Jorge Rodríguez padre, secretario general de la Liga Socialista, muerto en los calabozos de la Disip en  un interrogatorio, el 25 de julio de 1976.
En la misma Caracas, Colonia Tovar, Las Tejerías… Desde el centro, los captores comenzaron a mover a Niehous por todo el país. Dicen que pasó por Cumaná, que lo camuflaban entre cajas, debajo de sacos. Y le tendían, de cuando en cuando, agua, café, un raspado de jobo, mango  o parchita.

La noticia del cautiverio se fue diluyendo en la maraña de la investigación. Los presos, salieron. David Nieves, señalado y detenido, fue indultado —dentro del proceso— y se incorporó al Congreso como diputado en 1978. “La policía cometió un error al asesinar a Jorge Rodríguez (padre) e incluso hubo quienes, por eso,  querían ajusticiar a Niehous”, dijo, años después, Nieves.
El gobierno de Carlos Andrés Pérez sintió el sacudón. Arístides Lander, director de la Disip, y otros tres funcionarios, debieron responder ante la justicia por la muerte.
Tres años, cuatro meses y dos días después, el 29 de junio de 1979, dos detectives de la Policía Técnica Judicial (PTJ) investigaban, cerca de Ciudad Bolívar, un robo de ganado.
Los recibieron a tiros. Dispararon. Dos captores cayeron abatidos, sobre la hierba. De una casucha, con las manos en alto, salió un hombre: delgado, pelo amarillo brillante.
—¡No disparen, soy Niehous!—, gritó, aterrado.
Más calmado hablaría después. En Caracas,  rindió declaraciones, entregó el diario que minuciosamente llevó en su cautiverio y pidió salir del país.
“Un año y tres meses llevaba Niehous en ese hato, El Dividive, cerca de Maripa”, dijo Jorge Sosa Chacín, director de la PTJ. “Solo le hablaban de política y siempre estuvo en cuartos pequeños”, contó, como si fuese una suerte de intérprete del norteamericano que no habló con la prensa nacional.
En Toledo, Estados Unidos,  sí respondió preguntas. El 30 de junio salió de Venezuela. Aunque Teodoro Petkoff denunció que se violaría la ley, “por sensibilidad humana se autorizó su salida del país”, zanjó el presidente Luis  Herrera Campíns.
El sueño de ese sábado, después de abrazar a Donna, a sus hijos y a su madre (su padre murió mientras aún estaba secuestrado), “fue el más placentero en mucho tiempo”. Se cortó el pelo, que le daba a los hombros, se afeitó, desayunó y recibió a la prensa, el 1 de julio.
“Me dijeron siempre que no me matarían, que me liberarían sano y salvo, y así pasó”, reconoció Niehous, con el semblante sereno.

Del empresario volvió a saberse cuando murió, en Estados Unidos, en octubre de 2013, a los 82 años. Siguió, por años, dirigiendo la Owens Illinois, pero lejos. “No quiero saber más nunca de Venezuela”, resumió, en aquella rueda de prensa. Un deseo que, al menos de parte suya, se cumplió para siempre.



Dejar respuesta