“Lo último que me dijo fue que me quería”, dijo Susana Álvarez, madre de Daniella, una niña de cuatro años de edad que desde junio de 2015 hasta el 4 julio de 2016, luchó por sobrevivir en medio de una horrible crisis hospitalaria.

Álvarez contó a El Nacional que para la época, se encontraba desempleada debido a que la empresa en la que trabajaba se fue del país, y su marido hacía lo que podía para costear los gastos debido al tumor cerebral que padecía su hija. La única opción: endeudarse.

El 26 de junio de 2015, y luego de padecer neumonía, Daniella fue remitida desde el hospital Algodonal hasta el hospital Pérez Carreño por unos fuertes dolores de cabeza. Allí empezaron los pagos, porque aunque se le pudo hacer la tomografía que constató una masa anómala en su cerebro, por falta de insumos, no le podían hacer la resonancia que confirmaría el diagnóstico, así que la tuvieron que realizar en un recinto privado.

Los doctores dijeron que era un tumor maligno de 5 centímetros y comentaron que debían removerlo de inmediato. Preguntamos sobre las consecuencias de una intervención que tocaría un sector importante del cerebro y nos dijeron que en el mejor de los casos iba a quedar parapléjica. Empezamos a pensar que podría haber otra alternativa, la idea era que tuviera calidad de vida después de la operación”, contó Álvarez.

Acudieron a un centro privado, se le ofreció a Daniella un tratamiento de radioterapia y quimioterapia. Entre julio y septiembre de 2015, se ejecutó la primera fase del tratamiento: 33 sesiones de radioterapia. A esto se le sumaban los permanentes exámenes. La escasez no arreciaba, aún se conseguían fármacos.

En la sesión 11 o 12 la máscara que se usó en la radioterapia dejó de quedarle. Esto ocurrió por el consumo de esteroides, que originaron un síndrome de Cushing —aumento de peso y exceso de vello y acné por mucho consumo de cortisol—. Le hicieron una tomografía para obtener las medidas y realizarle una nueva máscara. La sorpresa que reveló el estudio es que el tumor se redujo casi a la mitad. Luego, para bajar el aumento de peso causado por el síndrome, la llevé a un Centro de Diagnóstico Integral (CDI). En esos días, ella tenía el lado izquierdo de su cara paralizado”, narró la mamá de la pequeña.

Las radioterapias culminaron y en octubre le hicieron otra tomografía que mostró un tumor de 1,39 centímetros. Sin embargo, la alegría duró poco, para el inicio del año 2016, no encontraba las dosis para la quimioterapia. Con la ayuda de amigos obtuvo las medicinas para mantener el tratamiento. “A los meses, los exámenes confirmaron el absceso, pero mostraron que había un tumor adherido en una de sus amígdalas.Con esfuerzos y retrasos, lograron sacar las amígdalas y el tumor”, señaló la mamá.

Pero, meses después “le hicieron una prueba nasal a Daniella y encontraron que había otro tumor en el área rinofaringe. El 8 de junio de 2016 hicieron la operación y lo removieron en su totalidad.

Justo cuando ocurría la intervención y la fase de recuperación, el hospital decayó. “El laboratorio de anatomía patológica no tenía los insumos necesarios; las fallas en los servicios de agua y electricidad afectaban los diagnósticos, un ejemplo fue que no se hacían pruebas químicas. Incluso, en varias ocasiones, los exámenes de orina y heces se hacían fuera. No había aire acondicionado en varias salas”, denunció Álvarez.

A mediados de junio de 2016, Daniella fue remitida a emergencia y los médicos propusieron realizar un tratamiento similar a la quimioterapia, pero más leve, con el fin de aplacar la formación y crecimiento de otros tumores. Los padres aceptaron. El 4 de julio se descompensó porque el tumor cerebral había reaparecido, sin posibilidad de recuperación. Unas horas más tarde falleció.

Yo estaba acostada al lado de ella (…) cerró los ojos a las 3:00 pm. Lo último que me dijo fue que me quería”, concluyó Álvarez.




Dejar respuesta